Por Carmen Úbeda
(Especial para ANÁLISIS)
Es una costumbre ridícula realizar balances hacia los finales de un calendario. La razón de esas congeladas planillas de “Excel” es recordar para no cometer los mismos errores en el que viene. Principio inalterable de la mentira porque al siguiente año no sólo se cometen los mismos, sino que se profundizan o aparecen otros. En este artículo más que un racconto inútil, se tratará de refrescar algunos humildes conceptos olvidados. No se trata siempre de contar sino de decir. Como colofón, nos “meteremos” en la marea de los festejos que tanto se esperaban para este diciembre con el fin de mirarnos actuar desde un dron imaginario y hurgar en lo que somos.
Cuando la mentira es la verdad
Desde que se tiene memoria, el reino natural, propio de la política, ha sido el de la mentira. La mentira implica un ocultamiento de la verdad. Sólo escuchar la palabra mentira remite a deshonestidad, deshonra, traición, estafa y otro sinnúmero de parónimos. La cuestión es descubrir cuál es la verdad que se oculta en cada circunstancia. Generalmente, está relacionada con incumplimiento de los mandatos, de las promesas, cohecho o traición a la Patria para reducir otras faltas que los nombrados incluyen. El fenómeno es mucho más complejo o más simple, según la perspectiva. Que intervenir en política es tirar la honra a los perros es una vulgarización corriente “de los pecados políticos”. El mal mayor no es el afán de poder sino el uso que de éste se haga. El poder es connatural a la esencia de lo político. Sin embargo, ha vuelto a integrarse a la opinión general la idea de que poder, corrupción e impunidad son inseparables. Lo dijo públicamente con total cinismo, frescura y naturalidad el delincuente suicida Alfredo Yabrán. Él sólo lo puso en la palabra púbica, pero la concepción era preexistente a su enunciado. Hoy nuevamente se actualiza ese sentimiento, esa creencia casi al límite de aquel 2001 y las voces en el aire pidiendo “que se vayan todos”.
Ya con la ley Sáenz Peña y el voto universal que no impidió, sin embargo, el fraude al que un sector de los conservadores llegó a llamar fraude patriótico, todos los ciudadanos (varones) tenían tanto el derecho de votar como de presentarse en cargos electivos con algunas cláusulas de rigor. Entonces, esos derechos extendidos llevan a la reflexión de que, si el clamor es “que se vayan todos”, este implicaría que se tienen que ir todos los argentinos porque cualquier ciudadano puede ser elector o elegido. De ahí, que la hipérbole sea más grave que solo un juego de palabras. En teoría los mandantes responden a mandatos y un traje mejorado para la asunción de un cargo supuestamente representativo no convierte a una persona en otra. Quien llega al escalón X es exactamente el mismo que puso su pie en el primer escalón, al desnudo.
Parece que todo lo manifestado hasta aquí perteneciera al reino de la obviedad. En cambio, no se pretende burlar la inteligencia de nadie sino recordar que nuestros gobernantes somos nosotros mismos. Si bien hay pretendidos líderes por decisión propia, por hipocresía del entorno o por votos, la mayoría viola la promesa y cambia la propuesta al llegar. Las razones son multifacéticas. Algunas pueden responder al “Teorema de Baglini” o a la ética de la convicción muchas veces enfrentada a la de la responsabilidad, según Max Weber, por presiones e imponderables de la misma gobernanza. Es decir, la propuesta se quiebra por condiciones ajenas a la promesa del elector o por contundente libre albedrío. Alguien cuya gestión hoy muchos sobrevaloran también tuvo la audacia o el atrevimiento de confesarlo públicamente: “Si yo hubiera dicho lo que iba a hacer, nadie me hubiera votado” (Menem sic). Luego, hay casos en que efectivamente lo vulgar se impone ante cualquier especulación académica: “La política es tirar la honra a los perros”, como lo decía Bonfatti en off.
Las décadas o los años que unos y otros atribuyen a esta decadencia o declinación es lo de menos. Si los politólogos necesitan un recorte para encuadrar sus análisis también es lo de menos, porque estudiando la historia en profundidad con la documentación directa, esta deshonra viene desde el origen de la Nación con una curva más o menos ondulante. Hubo etapas de inaceptables dictaduras que, sin embargo, dejaron muestras de cierta gobernabilidad (las llamadas dictablandas), sin olvidar la violación a los derechos humanos. Suena aberrante. También etapas ultraconservadoras que construyeron el brillo escenográfico de un país rico y algunas posteriores a la conformación de la República en las que todavía hay rémoras de deudas impagables, de la codicia y de los enriquecimientos ilícitos, de la manipulación de los ciudadanos y del abandono de los trabajadores, etcétera. Rasgos que se exacerban o disminuyen discrecionalmente en la historia breve de 200 años. Costados oscuros pueden encontrarse en la praxis de todos nuestros próceres que estuvieron de un lado u otro de la grieta original (recuérdese a Saavedra y Moreno, Sarmiento y Mitre, Dorrego y Lavalle, Rosas y Urquiza, por no nombrar los más contemporáneos para no herir susceptibilidades). Es decir, no hay novedad, la actualidad no es ajena a nuestra propia matriz original. Los gobernantes de Argentina son argentinos y antes de llegar al escalón X eran uno más. Uno más desde la pobreza o desde la riqueza, desde la ignorancia o la sabiduría.
Hubo y habrá una matriz cultural que contiene a todos y que, sin determinarlo, condiciona su actuación sin diferenciar sangre, clase o trayectoria. Si se repite hasta el cansancio de ambos lados de esta grieta reciente que llegamos a la decadencia, todos participamos de ella, somos víctimas y victimarios al mismo tiempo. Somos argentinos y no siempre vamos “a las cosas” como nos recomendó Ortega y Gasset. Hoy la vieja y más decadente Europa y algún dirigente “viajado” también se asombran de que este país progrese menos que Qatar. Es aberrante esta comparación. Es cierto que no levantamos rascacielos en el desierto, pero por ahora se respetan los derechos humanos y sostenemos una renga, pero sobreviviente democracia.
El simulacro
“El simulacro no es el que oculta la verdad, es la verdad la que oculta que no hay verdad”, proclama el gran filósofo de la posmodernidad, Jean Baudrillard. Cuando desarrolla mejor este retruécano, asegura que el simulacro es verdadero. Es un acontecimiento. Aquí se lo utilizará para hacer referencia al campeonato Mundial de fútbol 2022 y a la participación de Argentina, más específicamente al fútbol como juego en sí mismo, en cuanto a que el deporte que nos representa es una metáfora de cómo somos, según Juan José Sebreli y con mayor amplitud, de la condición humana, según Alejandro Dolina o Roberto Fontanarrosa (se toma simulacro en su acepción de semejanza y no de simulación). Se hará hincapié especialmente en la reacción del pueblo ante los resultados de “La Final”. Vayan las disculpas del caso para los conocedores de este deporte en el que soy menos que una iniciada. Sin embargo, me interesan especialmente sus movimientos, sus recursos, sus reglas, sus trasgresiones, insisto, como metáfora de la vida y el uso que de ellos hacen los argentinos.
Los ocho encuentros fueron acontecimientos dispares que demostraron el modo en que los argentinos en equipo reconocen y reaccionan al reto del adversario. No hay una jugada, un pase, un acto virtuoso que no pueda ser tomado como réplica de actitudes fuera del juego y que estén en la misma línea. Fue repetido sobremanera, luego del triunfo, la importancia de lo que el equipo argentino logró trasmitir en cuanto a conductas y valores. Sólo después del triunfo. En la derrota con Arabia Saudita, se cometía un acto de masoquismo escuchando críticas despiadadas a los jugadores, al mismo Messi y hasta al técnico. En el triunfo, como por arte de magia, la opinión viró hacia una alago empalagoso. Costumbres argentinas: ser felpudos ante el éxito y hacer leña del árbol caído.
Nuestras patologías
Desde fines de noviembre, miles de compatriotas viajaron a Qatar como si se hubieran enrolado para una guerra, con la diferencia de que los costos corrían por su cuenta. Costos inocuos para algunos y escandalosos para el presupuesto de muchos que hasta embargaron la casa por un préstamo. ¿¡Qué se libraba en Qatar!? Vaya respuesta más misteriosa que el origen del universo. Para quien escribe, incontestable in totum con indicios parciales. Ante esa peregrinación a la meca de la esclavitud y la misoginia, sobre todo frente a ese fervor, en todas las pantallas del país y aún en las redes sociales, prestigiosos analistas, psicólogos y psiquiatras diagnosticaban a 47 millones de pacientes. La síntesis de todos esos diagnósticos y, para no llegar al límite de patologías extremas, sería: los argentinos somos maníacos depresivos, sumado a los síndromes de TOC y TAG y sobre todo al denominador común de neurosis crónica, como búsqueda de objetivos posiblemente inalcanzables.
Las respuestas de los argentinos de allá y acá eran compatibles con los resultados o el desempeño de jugadores y técnico en cada partido. Como siempre, Scaloni pasaba de pecho frío, tibio y otros improperios sórdidos al más adecuado director, el hombre necesario, un capo, etcétera y por consiguiente Messi, de sinónimos cercanos a apátrida o el rey, el mejor del mundo, un extraterrestre, etcétera.
Como siempre. argentinos ganados por la ansiedad que no conocen las ventajas de la paciencia y menos el tiempo de la espera para no juzgar apresuradamente o lo que es peor para no proyectar en otros nuestros propios errores y odiarlos, siguiendo la línea de los diagnósticos.
Después del partido con Arabia Saudita, todo comenzó a florecer, allá y aquí. Sin pausa y sin prisa, aparecieron las primeras señales de la fiesta que luego se instaló sin solución de continuidad hasta su cenit. Cada partido representaba una celebración allá y aquí y esa suma de celebraciones creció de modo elefantiásico con el triunfo de un último partido que fue materia prima de todos los brujos, astrólogos, videntes, etcétera. Le atribuían los penales “a la mano de Diego”. Ya no era “la mano de Dios” eran las piernas de Messi y Montiel. Todo limpito, sin trampa. Ahora, había que festejar las correctas e inmaculadas jugadas de “nuestros muchachos”. Naturalmente, “opinadores” e hinchas elogiaban la conducta intachable, la bonhomía de jugadores y técnico. Si se triunfa, el argentino siempre está de acuerdo ante cualquier conducta, sea la respetuosa de las reglas o sea la sucia de las infracciones, aunque quien escribe opina que los halagos son más profusos frente a lo pícaro, lo taimado, lo astuto, que frente a lo correcto. En general y como riesgo muy opinable, los argentinos nos parecemos mucho más al Viejo Vizcacha que a Fierro, y aún menos, a Cruz.
Fiesta o funeral
En este caso y porque se ganó, todos tendieron a imitar la ética del equipo. Familias enteras con una genuina alegría cubrieron calles, avenidas en todas las provincias del país. Sólo con los colores, igual que cuando se gana una guerra contra un enemigo externo. En el Puerto, la manifestación fue apoteótica y única en la historia del país. Como en “Fiesta” de Serrat, todos eran iguales “Se fueron nuestras miserias a dormir” y “El noble y el villano, el prohombre y el gusano bailan y se dan la mano… comparten su pan… empachados de alcohol”. Los que mirábamos por altísimos balcones o por los drones de los oligopolios mediáticos, según la hora, la luz o el contraluz, el recuerdo colectivo nos llevaba a no discernir si se trataba de una fiesta o de un funeral (gracias al videograph esto no ocurría). Esa magnitud que sólo puede describirse con el lugar común de marea humana era comparable solamente con la muerte de Gardel o de “El Peludo”, los funerales de Eva y de Perón, aunque nunca se llegó a este número. También con las grandes multitudes que se convocaban aclamando a un Galtieri borracho al comienzo de la guerra de Malvinas, abandonando completamente a los muchachos que volvieron. ¿Por qué? Porque habíamos perdido. No es improbable que alguien reflexivo o diletante se preguntara si festejaban o velaban. Lo que se puede asegurar es que esta desmesurada expresión va a robarles el tiempo y a quitarles el sueño a muchos semióticos. La algarabía del triunfo en sus primeras horas fue un baño místico consciente o no para todo argentino bien nacido.
La jornada dos, si bien se estaba esperando la llegada del equipo, ese crecimiento dilatado e incesante, también a aquellos que reflexionamos sobre nuestra sociedad, comenzó a tirar señales de que el “simulacro” era verdadero, pero debajo de él no había ninguna verdad. ¿Se estaba festejando o se expresaba desesperadamente la búsqueda de alguna verdad?
En la jornada tres, los “síntomas” recrudecieron, si se siguen los diagnósticos que sobre los argentinos hacen los especialistas. La insistencia de las actitudes, bordeaban las fronteras de una expresión renovadora. Ateniéndonos siempre a las voces de autoridad, los argentinos estábamos transitando la etapa maníaca. ¿Cuándo y cómo llegaría la depresiva? Vulgarmente, a qué acciones conduciría el llamado “bajón”, después del “viaje”. ¿Y por qué tanta algarabía si debajo no se descubre el tesoro de alguna verdad? La depresión llegó, aunque se manifestó en pequeños grupos emergentes, pero como tales, representativos del fenómeno. Alegría, algarabía, manía y depresión, quizás por la incapacidad de asumir una única verdad fuera de cuadro, la frustración. Es indudable que en la tercera etapa también se estaba produciendo el síndrome de la negación. Era sabido sordamente que “Con la resaca a cuestas vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza”, “Se despertó el bien y el mal, la zorra pobre al corral, la zorra rica al rosal y el avaro a sus divisas”. Todo volvió a su lugar, lo que no implica necesariamente un orden, todo volvió a sumarse al caos, gente y dirigente, en los tres poderes. Irreverencias de todo tipo, en el Legislativo y absoluta falta de diálogo y consenso. Desempeño contra cíclico en el Poder Judicial. Falta de sujeción a las sentencias de la Corte Suprema o distorsión de los compromisos en el Ejecutivo. Conceptos que sumó con cierta belicosidad la vicepresidenta de la Nación al inaugurar el Polideportivo en Avellaneda. Destacó el carácter ajurídico de su sentencia que, para ella, se constituye en proscripción y nos pone al borde de la pérdida del estado de derecho (sic CFK). Aun cuando no cayó en sus acostumbradas impostaciones, volvió a alentar la grieta con ejemplos donde la Justicia se aleja demasiado de la ecuanimidad y se acerca a la oposición. Además, a horas de esta entrega, Santa Fe dio muestras aleccionadoras que al Puerto no le vendría mal tomar como ejemplo.
Se destacaron casi al unísono por su respeto, institucionalidad y ecuanimidad los representantes de dos poderes de Santa Fe: el Ejecutivo y el Judicial. Más precisamente este último, en la explicación magistral del integrante de la Corte Suprema de Justicia, Daniel Erbetta. El gobernador Omar Perotti dio continuidad a su discurso en cuanto a la necesidad de un estudio profundo sobre la coparticipación y el respeto inclaudicable a uno de los principios vertebradores de nuestra Constitución, el federalismo.
La referida depresión, que no se hizo esperar, se manifiesta como abulia o iracundia. Hoy, llegando al fin del calendario podemos asistir a las dos. Un signo inicial que representa a todos los demás es la destrucción a mazazos de la puerta y las escaleras del Obelisco, un símbolo del país que da la vuelta al mundo. El decaimiento, la desidia no tardaron en pintarse otra vez en el acampe de la 9 de Julio. En tanto, el enojo movilizó a Juan Grabois y a un grupo de militantes a acampar en el lago Escondido “propiedad del pirata Lewis”. Los detractores no se hicieron esperar, pero Grabois delató la existencia de un pasaje rápido hacia el pacífico, de otra propiedad con aeropuerto, vuelos a una tercera en el Estrecho de Magallanes y de allí a Malvinas. Quizás sea delito abrir las tranqueras de un pirata, pero la causa es justa: nada más y nada menos que nuestra soberanía. Todo volvió a “su lugar”. De la “Fiesta” de Serrat, al “Cambalache” de Discépolo.
Preguntas inevitables
Una sola bandera, una igual pertenencia, un único motivo: contagiosa unanimidad… ¿Sólo el fútbol es capaz de semejantes lazos y regocijo? ¿Qué otro motivo o acontecimiento lograrían similar expresión? Ciertamente, para alcanzar un resultado útil, el motivo debería mantenerse, el acontecimiento debería repetirse y ser buscado. ¿Se está buscando otro acontecimiento que se exprese como peregrinación, camino para una celebración común y no un pasaje del festejo al ditirambo y del ritual a la inmolación (recordar las largas horas de los manifestantes y sus hijitos expuestos al sol del mediodía)?
La experiencia histórica de nuestro país y quizás del planeta señala que estos gestos unánimes responden a muy escasos motivos generalmente de orden competitivo y las celebraciones son fugaces y esporádicas. Olimpíadas, campeonatos, procesiones religiosas, marchas bélicas. Deporte, Religión y Guerra. Existen olimpíadas de la ciencia y del arte y también se ganan, sin embargo, es escasísima la población que se entera de estos premios y el festejo es recoleto. ¿Esta fotografía es propia de la naturaleza humana, del género humano o de su decadencia? Aun así y siendo tan escaso el objeto celebrado, siempre es el triunfo a cualquier precio o el delirio. Es posible pensar que también ocurre el deslizamiento de un significante a un significado con el que no se corresponde. La “mano de Dios” y el triunfo frente a Inglaterra, está demás decirlo, se convierte en religioso, futbolístico y bélico. Es una deformación de la realidad. Argentina sintió que en el ‘86 le estaba ganando Malvinas a Inglaterra “gracias a Dios”. Distorsiones de la realidad fronterizas con el delirio.
Deporte, guerra y religión
Este es el momento de relacionar el triunfo en el Mundial Qatar 2022 con el mundo político. Se irá desde lo aparentemente más superficial al intento de una interpretación más profunda. En principio, correspondería destacar la actitud equívoca del equipo, su técnico y el escaso empuje de la AFA. Es de carácter institucional, no político partidario, presentarse como ganadores de cualquier torneo, específicamente del fútbol que nos representa, ante el Presidente de la Nación, como jefe de uno de los poderes de la República. No importa el signo político ni siquiera el régimen o sistema al que está representando y estos muchachos con su DT graciosamente se negaron. Ejemplos de corrección, de respeto a la ley, de cooperación y de unidad se dieron el lujo de no acceder a la Casa Rosada. La actuación de Tapia es dudosa. No está en nuestro conocimiento saber si no supo, no pudo o no quiso. Esta es la tercera copa. La primera fue presentada en el ‘78 con toda ampulosidad al jefe de la Junta de la dictadura más asesina de nuestra historia.
Allí, la foto recuerda la sonrisa de Kempes, de Menotti y la respuesta de la otra angulosa y “abigotada” del dictador genocida. El pueblo festejaba como siempre y acallaba con sus gritos primitivos y sus bocinazos los lamentos terminales de quienes eran torturados o el golpe especial que se produce cuando se tiran los chicos al río desde un avión (sadismo). Es mejor no mezclarse con las emociones en esta descripción. Luego, en el ’86 estuvo en primera fila el dueño de la “mano de Dios” secundado por el director técnico y, aunque los lamentos de la población en supermercados y comercios no podían disimularse frente a una desbocada inflación, un presidente, quizás factótum de la recuperación de la democracia, los recibía humilde y amable (masoquismo). Finalmente, hubo una liviana y rebuscada argumentación para la conducta actual: “No ir a la Rosada no fue un gesto antipolítico sino apolítico”, dijeron. Para quien escribe, imperdonable el desconocimiento institucional y político de nuestra Selección o sus asesores. Así también se “mancha la pelota”.
Antes de esta aclaración, se trataba de relacionar la trilogía aparentemente inseparable a lo largo de la historia entre deporte, guerra y religión. Está más que clara la comparación de estas marchas luego de un combate en el que se triunfa y el sentimiento místico que brotó en los desmesurados festejos. Se sabe que la relación entre política y religión es ancestral y entiéndase que lo ancestral no se supera, en el mejor de los casos, es una de las capas inferiores que forman el inconsciente colectivo. En vuelo rasante, si se pudiera hacerlo con más de cinco mil años de historia, la guerra y la política con frecuencia fueron una. Actualmente, hay casos en que esa fusión se concreta, pero en todos los casos la guerra es un componente simbólico de la política. En ambas se pretende ganar. El nacimiento de la política, su cuna primigenia, fue el templo. También es más que sabido que la necesidad primordial para la existencia de una sociedad es al mismo tiempo la presencia de una autoridad. Por poner un número hipotético, tuvieron que pasar más de cinco mil años (antes y después de Cristo) para que esa autoridad portadora de la Ley se desprendiera de lo religioso en la mayoría de las naciones. En Occidente, fue antes, con la llegada de la Revolución Francesa y junto con la caída de algunas monarquías (téngase en cuenta también que la autoridad del monarca era atribuida al designio divino), pero la rémora, el contenido residual de ese carácter religioso no se superó, permaneció. Muestra de ello es la solemnidad de la que se rodea al poder y a la dirigencia de los países. Ese temor reverencial (Calcagno sic), que no es miedo, constituye el soporte para que exista el crédito del ciudadano al político y la creencia en su promesa. Aunque se estimen las transformaciones de los siglos XVII y XVIII como radicales, lo que ocurrió simplemente es que la ley sustituyó al rito y el gobernante, al sacerdote y al monarca. Siempre que siga existiendo, la política tendrá o será de esencia espiritual o no será nada. Debe ser un conjunto de representaciones, creencias y apariencias ya que tiene un origen sagrado y es la base para que se produzca la relación limpia de mando y obediencia (Calcagno). No es esta una premisa de las dictaduras, todo lo contrario: sin obediencia a la ley, hay caos, anarquía, insurrección a la vista.
Presente dilemático
En tanto, asistimos a un presente dilemático relacionado con la correspondencia entre conducta y ley, entre mando, obediencia y autoridad. Las redes sociales, es decir la posibilidad de la expresión pública horizontal, ha puesto en crisis terminal, para los alicortos, la posibilidad de gobernar una sociedad altamente heterogénea, diversificada en sus intereses y que no admite representaciones porque cada uno se representa a sí mismo. Para estos analistas, ésta es la era del fin de los “sacerdocios”, no hay representantes de nadie, no hay vicarios, hay individuos, o a lo sumo, tribus. En cambio, estamos en condiciones casi de asegurar que en un breve tiempo las redes sociales funcionarán como lo que antes de ellas fueron los pasilleos, los rumores, el chismorreo o esa tormenta de excremento que existió siempre y ahora se expresa allí. Cuando esta presumible libertad convierta a cada uno en indefenso por falta de representatividad, el clamor convocará a líderes nuevamente. Líderes de identificación que se muevan al ritmo de los pueblos porque nunca más vigente que hoy la afirmación de Maquiavelo: “Los pueblos son tornadizos, fáciles de convencer y difíciles de retener”.
Entonces, ¿cómo asociamos el campeonato con el mundo político y cómo trasladamos el desempeño de nuestra Selección a la vida política que estamos transitando y que nos espera? ¿Cuál es la analogía, el ejemplo aprovechable y aún el error desechable?
Primero, las ocho competencias fueron los combates que nos llevaron a “ganar la guerra”, el campeonato. Empero, la derrota fue más aleccionadora que las victorias. ¿Sigue siendo un lugar común que en las derrotas se aprende más que en las victorias? ¿Y es así, para todos los argentinos o sólo para los más lúcidos? La respuesta es dudosa.
Luego, el énfasis debería ponerse en el respeto mutuo entre DT y equipo, la búsqueda de los consensos por el diálogo, pero finalmente la fidelidad unánime a lo acordado. La transparencia del líder uno, el DT, y la generosidad del otro, el capitán del equipo, contagiaron ejemplaridad, pero no había otro modo de ganar que imitarlos y cumplir con la ley y la autoridad. Beneficios ulteriores de este tipo de accionar que implican sacrificio y paciencia. Nada más que decir, a los dirigentes políticos y no políticos, a los candidatos para el 2023 y a los gobernantes luego. En cuanto al pueblo devoto de los triunfos, es una evidencia que necesita la compresión de sus conductas, la contención de sus emociones con orden y apego a las reglas provenientes de una autoridad con crédito. Retomando a Maquiavelo, los pueblos son fáciles de conmover, es decir unirlos en un solo movimiento, pero para retenerlos hay que convencerlos día a día, es decir vencer juntos.





