Los espectros del Piazzale Loreto son como muertos vivientes que amenazan siempre con volver. El 29 de abril de 1945, en la hermosa glorieta de Milán, se colgaban bocabajo de una marquesina los cadáveres de Mussolini, su amante Clara Petacci, y un grupo de jerarcas fascistas. Las fotos te estremecen. Pero más terribles son las imágenes en movimiento, tomadas cuando los cadáveres todavía están tirados en el suelo como un montón confuso de harapos ensangrentados, en el centro de una multitud que los rodea y siempre parece a punto de aplastarlos, pero que retrocede, se ondula, se espesa según va llegando más gente a la plaza, en el centro de una desolación de edificios bombardeados.
La gente observa los cadáveres con asombro. Hay quien sonríe, quien saluda a la cámara, quien se adelanta para pisotear o patear el cadáver. Es un día de sol radiante en Lombardía. El cadáver de Mussolini se reconoce por su cabeza enorme, su cara como una máscara tumefacta de carne con la boca y los ojos abiertos. Unos segundos después los muertos ya no están amontonados en el suelo sino colgando del techo de la gasolinera, como reses en un matadero, sumidos en la estadística monstruosa de los millones de muertos en la guerra y en la marea de destrucción que ese hombre ejecutado el día antes había contribuido a desatar.
La historia del fascismo es también la de su banalización, ya sea por el abuso en la expansión de su semántica o porque disfruta del extraño privilegio de no ser tomado en serio. Con sus gorros fantasiosos, sus tocados de plumas, sus aspavientos teatrales, hasta los mayores esbirros fascistas podían tener una comicidad inocente de muñecos de guiñol. El propio Mussolini gesticulando en los balcones como un tenor de ópera, hinchando el pecho, la barbilla levantada, los brazos en jarras, ¿no era demasiado histriónico como para ser peligroso? Quién iba a tomarse en serio a estos comediantes tan desvergonzados, tan demagogos, tan inverosímiles. Una manera de poner delante de nosotros la terrible seriedad de todo lo que hubo siempre por debajo de esa presunta comedia en la que el paso de los años, el olvido y la manipulación política ha difuminado la historia del fascismo: el modelo de subversión terrorista, de violencia extrema y metódica, su fría capacidad de alentar los peores instintos humanos, el resentimiento, el fanatismo, el odio, la crueldad homicida. Al régimen de Mussolini se le puede achacar directamente la muerte de al menos un millón de personas, dentro y fuera de Italia, y sin embargo, de algún modo, con el paso de los años, esta carnicería ha ido siendo rebajada, o justificada, incluso por algunos antifascistas.





