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Repensar la nación

Por Sergio Dellepiane (*)

Aunque resulta tedioso, aburrido y desangelado, cada tanto conviene revisar las estadísticas oficiales para comprobar el camino recorrido. En este caso me detengo en lo que se denomina el Gasto Público Consolidado como porcentaje del PBI nacional. La ventana elegida abarca desde 1980 al primer semestre de 2023. (argentina.gob.ar/economía/)

Reconociendo que las generalizaciones presentan imprecisiones, las restricciones de espacio las vuelven imprescindibles. Analizar la gráfica construida en base a los datos oficiales permite distinguir claramente dos grandes períodos del gasto incurrido por el Estado con relación a lo producido por la economía nacional. Entre 1980 y hasta el 2004, dicho gasto se mantuvo en el escalón comprendido entre el 20 y el 30% del PBI. A partir del 2005 no ha dejado de crecer hasta situarse en el rango del 40 al 45% del PBI. Hoy estamos en el orden del 47,6%. Más gasto para peores resultados en cualquiera de las variables que se pretendan analizar. Existen actualmente 28 millones de perceptores de recursos monetarios de la Anses cada 30 días que comprenden a 23,8 millones de personas, equivalente al 51,1% del total de habitantes del país. (mecon – Ago’23) Nada que no hayamos comprobado personalmente. Degradación de la dignidad humana en su máxima expresión.

Según el mandato bíblico, los hombres han debido ganar el pan con el sudor de su frente y, al hacerlo, debieron aprender también a construir su dignidad, a engrandecer su espíritu y a obtener a cambio lo que precisaron para desarrollar sus vidas y las de los suyos de un modo honesto y decente. El trabajo, a lo largo de la historia de la humanidad, fue siempre el motor indiscutible del progreso, aun reconociendo las limitaciones y egoísmos humanos que incluyen la explotación del hombre por el hombre que todavía subsiste en el mundo moderno. También es cierto que muchos han extraviado la verdadera razón de su existencia y la han reemplazado con el consumo desmedido y la acumulación de cosas materiales que los llevan a vivir para tener y no para ser. Los contrastes son cada vez más evidentes y profundos.

Es igualmente cierto que, al menos entre nosotros, la pereza y la desidia amenazan frecuentemente con ganar la partida, toda vez que las necesidades más básicas y elementales se encuentren medianamente satisfechas, si no por el fruto de la propia fatiga, aprovechándose del sacrificio de los demás, canalizado a través del asistencialismo dadivoso que siempre enriquece a quienes lo distribuyen, pero nunca a quienes lo perciben, si es que les llega. Es verdad que la ayuda debe alcanzar al que la necesita, pero jamás debería sustituir el ingreso generado por un trabajo digno y menos de modo permanente cuasi eterno.

La intervención del Estado, no ya como promotor de una sociedad abocada al trabajo para el engrandecimiento colectivo, sino como proveedor de mendrugos que suplen imperfecta e inadecuadamente el resultado del esfuerzo individual, ha distorsionado maliciosamente los paradigmas que dieron impulso a la pujanza nacional de principios del siglo pasado.

Tras décadas de aprovechamiento político partidario de la ignorancia, pobreza y marginalidad de las multitudes menos favorecidas han logrado que un país quebrado, en más de una dimensión, sostenga a millones de personas por medio de planes sociales y subsidios. Vergüenza propia y ajena, individual y colectiva que uno de cada dos argentinos esté sumido en la más humillante condición.

En tiempos de corrupción tan extendida, ver a políticos y funcionarios llenarse los bolsillos con tanta facilidad, tampoco estimula a nadie a esforzarse en la búsqueda de su propio bienestar, mucho menos en entregar parte de lo obtenido para solventar el agujero negro nacional.

La realidad impiadosa nos plantea urgentemente el desafío de sacar al país del estancamiento y evitar seguir en caída libre. No hay otra forma de hacerlo más que exigiendo seguridad jurídica, respetando la propiedad privada, generando condiciones favorables para la inversión productiva sustentable, multiplicando fuentes de trabajo y diseñando un marco laboral que favorezcan la contratación de personas reeducadas adecuadamente para afrontar los desafíos del mundo que viene. Única vía para reemplazar el asistencialismo dependiente. Sepultar las apetencias personales para convocar a todos, sin distinción de ningún tipo y sin dilaciones, con el objetivo de consensuar los acuerdos más urgentes que el presente exige; debería constituirse en el principio del fin de la debacle.

Seguir denostando el valor del mérito y del esfuerzo es continuar alimentando el clientelismo interesado, a sabiendas de la escasez de recursos disponibles, aunque la maquinita imprima a destajo y sin solución de continuidad.

Desatender la educación del soberano no hace más que confirmar la tendencia a la decrepitud. Lejos de educar a las generaciones futuras, la premisa es mantenerlas ignorantes y dependientes, blanco perfecto para promesas incumplibles y soterrar, de este modo, toda ilusión de progreso.

Alimentar el cuerpo de la multitud con cinco panes y dos peces no podrá alcanzar nunca la dimensión de milagro; idiotizar la mente con huelgas, paros, declamaciones ideológicas y multiplicidad de géneros y giros idiomáticos, menos aún podrá recibir la denominación de educación integral.

Por si fuera poco, el comportamiento demagógico del Estado tiene como efecto secundario proporcionar tiempo al que no trabaja para preparar el ataque a su próxima víctima, incrementando la criminalidad y aportando mayores niveles de inseguridad a una población que intenta protegerse de la barbarie encarcelándose libremente, instalando cámaras que sólo reflejan el delito pero que no pueden impedirlo y fuerzas de seguridad temerosas de actuar para evitar ser condenadas por defender la integridad del indefenso agredido.

Lo descripto conforma sólo una parte del combo que inhibe las decisiones de inversión, propias y extrañas, que tanto precisamos y que expulsa todo aquello que alguna vez se intentó con ilusiones de permanencia.

El objetivo principal de la política debiera ser facilitar el bienestar de todos los habitantes del territorio para lo cual es imprescindible producir la mayor cantidad de bienes y servicios, potenciando una economía de mercado que distribuya lo producido conforme al aporte laboral, técnico y financiero de cada uno de sus miembros.

El entramado legal de una República cumple un papel primordial en alcanzar primero y fortalecer después la confianza de los demás en uno mismo. El mayor orden jurídico arrastra a un mejor comportamiento social, todo lo cual se traduce en mayor productividad nacional, origen del excedente no consumido que se convierte en ahorro y fuente de acumulación de capital necesario para encarar proyectos de gran envergadura y que permite constituir y desarrollar un sistema financiero grande y sólido, necesario para apuntalar las inversiones por medio del crédito a la producción de todo lo que sea útil y beneficioso para el mundo.

Si lo único que persiste es el cambio, algo debemos hacer.

Es hora de repensar la Nación.

“La soberbia es una discapacidad que suele afectar a pobres infelices mortales que se encuentran de golpe con una miserable cuota de poder” - José de San Martín (1778 – 1850)

(*) Docente

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