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La Izquierda es de la B

Hugo Remedi

(Especial para ANALISIS)

Resulta particularmente significativa la falta de definiciones concretas de la izquierda como aglutinante de las diferentes versiones del progresismo vernáculo frente al balotaje del próximo 19 de noviembre.

Si bien, nadie ya es dueño absoluto de los votos que andan dando vueltas por cada cabeza de argentino sufriente, si es muy factible fijar posicionamientos concretos como sintetizador al fin, de la orientación de determinada adherencia a tal o cual candidato.

Lo último que expresó públicamente, esta franja de la izquierda nacional de Myriam Bregman y Nicolás del Caño, es a través de un documento que no aclara nada. Por un lado, convoca a no votar a Javier Milei lo cual supone una redundancia lógica de estar en las antípodas de los libertarios, y por el otro se niegan a apoyar política y electoralmente a Sergio Massa.

¿En qué quedamos?, sería la pregunta que emerge casi al instante como para ir interpretando una lógica demasiado rebuscada. En principio todo mal como alternativa válida quedando a saber opciones como: votar en blanco, anular el voto con la boleta de Messi o la de Abel Pintos, o en el peor de los casos no concurrir.

De hecho, no suena demasiado coherente escuchar que de la, tan combativa izquierda nacional, el perfume del compromiso suene con una reciedumbre tan vaga.

Es cierto también, que esta izquierda que siempre ante cualquier resultado (en general adverso) se muestre inequívocamente exultante mostrando resultados magnificados como positivos, quedó en medio de un brete insalvable: votar a Milei, obviamente imposible y votar a Massa, significaría reformular conceptos inimaginables de cara a su propio discurso histórico.

Frente al pragmatismo tampoco, sus votos, son herramienta de seducción. La cosecha de 700.000 adhesiones conseguidas en las elecciones de octubre, no son de hecho, motivo de preocupaciones para ninguno de los candidatos. Y, el hecho de terciar como una especie de arbitraje influyente en el balotaje que viene tampoco es una opción central.

Milei naturalmente no contará con ninguno de esos sufragios, y entonces la izquierda sabiendo implícitamente que esos votos deberían ir todos a Massa, evita fundamentalmente meterse en el barro enchastrado de hoy y de eso modo guardar explosivos para próximas batallas más apropiadas que estas.

No hay dudas que, si uno descontamina el contenido de esos sufragios, el mensaje oficial de la izquierda induce a que sigan camino hacia la alforja de Massa.

Sin embargo y frente a esa lógica que plantea la izquierda de quedar acorralado frente un poder bicéfalo e inquilinos del mal ambos, decide no tomar posición concreta y evita decir expresamente: voten a Massa. No les da el cuero y apuestan a la indulgencia que caerá por su propio peso sobre un voto que no dejará de participar de la misma procesión y de ese modo evitan cualquier tipo de desgaste.

Las últimas lecturas de las encuestadoras, dan paridades entre ambos candidatos que a priori no lucirían como reales, por ello y ante la duda, no obstante, cualquier voto es bienvenido y en consecuencia toda la izquierda será bienvenida y presta, en consecuencia, a ser convocada a tener una proyección más estelar a futuro.

Massa tiene que neutralizar el voto surgido como opositor en las últimas elecciones, que significan algo así como unos 9 millones de sufragios y para ello tiene que recaudar entre los radicales disidentes a Milei, los posibles de Schiaretti y los de la izquierda.

Todo, claro, si el voto en blanco o nulo como sucedió alguna vez en este país resignado, no se convierten en las figuras centrales del balotaje.

Massa necesita expresiones a favor no inducciones.

Acaso para ese sprint final, la izquierda vernácula tenga algunas cuestiones bastante más claras o menos especulativas.

Y así, quizás, poder llegar a decir: yo estuve ahí.

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