Por Sergio Dellepiane
(Especial para ANÁLISIS)
Podríamos caracterizar a los últimos 100 años de la vida económica argentina como de “oscilación pendular” (M. Diamand - 1981) manifestada por los cambios bruscos y frecuentes entre dos corrientes antagónicas: la expansionista o popular y la ortodoxa o liberal.
La primera intenta contener las aspiraciones de las grandes masas poblacionales, “los desclasados” cuyos líderes, para nada desclasados, pero sin dudas, “aprovechados”, reconocen la influencia del modelo keynesiano y del nacionalismo económico. Sus principales objetivos son la distribución progresiva del ingreso, de cualquier ingreso sin importar el origen, y el asistencialismo del Estado pues “donde hay una necesidad, surge un derecho”. Ignorancia, dependencia y marginalidad se consideran tierra fértil para que puedan germinar sus ¿“ideales”?. El primero de los cuales se instrumenta mediante la proliferación de beneficios sociales, aumentos nominales de salarios y controles de precios. Emplean sin racionalidad ni fundamentación alguna, multiplicidad de tipos de cambio, cepos varios y atrasos tarifarios para los servicios esenciales, pues lo único que importa es que no aumente el “costo de vida” (Oximorón empírico) aparente. Al segundo objetivo lo “consiguen” asegurando un elevado nivel de demanda. La etapa de “bonanza” comienza con exceso de dinero en las manos de los habitantes, crédito barato, consumo exacerbado y actividad económica interna en alza. Suele durar menos de lo prometido. El déficit presupuestario crece, la balanza comercial se desequilibra, emerge el desabastecimiento y acomete la inflación que, poco a poco, desborda aún las mejores intenciones y, finalmente, sobreviene una situación social abrumadoramente frágil y asfixiante que bien puede finalizar en caos.
Aunque el populismo puede llegar a admitir errores de práctica, nunca de principios, tiende a minimizar su importancia y esgrime como justificación interesada, la insuficiencia del poder otorgado por las bases para dominar los resortes claves de la economía nacional y la resistencia impiadosa que ofrecen los grupos económicos concentrados, tanto nacionales como extranjeros, que atentan contra el modelo nacional y popular.
La caída en desgracia de la distribución de la renta nacional, en partes proporcionalmente desiguales para militantes, laburantes, representantes sindicales, administradores de las dádivas estatales y empresarios protegidos y/o prebendarios del poder de turno, provoca inevitablemente un vuelco hacia la ortodoxia económica más académica y a la vez pragmática que ha prosperado en la mayoría de los países del mundo occidental.
El acento se coloca ahora en el orden, la disciplina, la eficiencia, el equilibrio del presupuesto, el ahorro, la confianza, la atracción de capitales extranjeros y las virtudes del sacrificio que debe ejercitar el conjunto de la sociedad, para transformar en virtuoso el ajuste inevitable que sigue al despilfarro previo.
La historia económica argentina nos muestra que el arribo de la ortodoxia al poder siempre ha ocurrido en medio de una crisis de la balanza de pagos y su respuesta al descalabro distribucionista incluye una brusca devaluación de la moneda, un incremento de la recaudación sobre las rentas agropecuarias, una caída de los salarios reales, una drástica restricción monetaria, una recesión de mayor o menor profundidad según el fondo del abismo alcanzado en la etapa previa y una afanosa búsqueda de capitales foráneos. El éxito, en base a lo descripto, no puede asegurarse. El factor tiempo, que exige la transformación, conspira negativamente.
La pugna entre las dos corrientes económicas antagónicas que han dominado la escena política nacional durante los últimos ochenta años no aparece como exclusivamente académica, sino
que constituye un reflejo intelectual de una pugna intersectorial por la distribución del ingreso nacional y del poder económico subyacente. También hemos verificado, desoladoramente, que la inestabilidad de los gobiernos constitucionales, dieron lugar al surgimiento de otro tipo de péndulo político que osciló entre regímenes democráticos y de facto durante la segunda mitad del siglo pasado. Naturalmente están íntimamente relacionados con el problema económico esbozado y aún no resuelto debidamente. Hasta el presente, los extremos no han encontrado puntos de encuentro común.
Sin embargo, puede esbozarse un cierto paralelismo entre las gestiones de la corriente popular y las de la corriente ortodoxa. Las primeras descuidan las inversiones y el sector externo y duran mientras aguanten las reservas. Las segundas se inician generalmente cuando se agotaron las reservas y el país está al borde de una cesación de pagos. Los resultados que registra la historia nos muestran que las políticas de altos ingresos populares y de alto nivel de actividad, pero de baja o nula productividad terminan estrellándose contra el sector externo pues no se puede importar lo que se precisa para continuar operando y los precios internos resultan más elevados que los que se pagan fuera del país, especialmente en los productos que mayor protección han conseguido del Estado. En cambio, las políticas que apuntan a reforzar el sector externo lo hacen reduciendo los salarios en términos reales y la demanda consecuente, lo que puede dar inicio a un período recesivo, de no complementarse con un mercado laboral flexible y dinámico, además de competitivo, que obture las posibilidades de crecimiento que tanto necesita nuestro país.
Los ciclos de expansión – recesión han obedecido siempre a un problema no resuelto de la balanza de pagos que, por una u otra vía siempre aflora como resultado de la política económica que se aplica y cuya debilidad se manifiesta a través de la magnitud que adquiere el déficit fiscal.
Este proceso pendular es dinámico y se encuentra asociado al menos a tres círculos viciosos consuetudinarios que, a medida que pasa el tiempo, agravan las condiciones sobre las que se deben trabajar para detener la oscilación perniciosa. El primero es el de la deuda externa que crece sostenidamente a través de los años. Capital impago genera intereses que se acumulan sin solución de continuidad pues tampoco se cancelan en tiempo y forma. El segundo viene dado por el carácter conflictivo de lo que cada parte considera como desarrollo. Posiciones antagónicas impiden construir sobre lo ejecutado y sin evaluar objetivamente lo realizado, se destruye todo andamiaje previo para recomenzar desde los cimientos una y otra vez. El tercero opera en materia de eficiencia. Es de manual que la productividad depende del grado de desarrollo del país. Nuestro errático modo de andar, dos pasos en una dirección y tres en otra, atenta contra la eficiencia requerida para potenciar lo que somos y lo que tenemos, con el fin de alcanzar la senda de crecimiento sostenido y sustentable que nos merecemos.
Se hace imperiosamente necesario un cambio de actitud de la sociedad toda respecto al cómo afrontar la problemática económica que nos afecta, paraliza y divide. Por los resultados obtenidos en los últimos 80 años debemos aceptar que el camino transitado no ha sido el más adecuado. Sin puntos de contacto no habrá uniformidad de criterios ni de acciones para emprender el camino del progreso.
Continuar del mismo modo, sólo confirmará que el futuro seguirá apareciendo incierto, lúgubre y desesperanzador.
La respuesta al interrogante inicial es: Hasta que todos los habitantes de la Nación comprendan el PRINCIPIO DE LA ESCASEZ: “No hay de todo para todos todo el tiempo y menos gratis”
“La LIBERTAD es una herramienta de uso personal para el progreso, permite desarrollar ideas propias para avanzar y mejorar”. C Mira





