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La amenaza como mecanismo de gobierno es inadmisible

Por Néstor Banega

Si quienes gobiernan las provincias argentinas tienen un piso mínimo de dignidad, por estas horas deben pedir la inmediata renuncia de quien oficia como vocero presidencial, acompañados, en ese ineludible reclamo, por diputados y senadores. La amenaza como mecanismo de gobierno es inadmisible en un Estado republicano.

No se puede naturalizar que un funcionario de tercer nivel, responsable de dar a conocer o explicar las acciones de un gobierno, se dedique a coaccionar públicamente a quienes ocupan sus cargos por imperio del mandato popular, como son los gobernadores o legisladores nacionales.

Es, como mínimo, devastador, neroniano, detestable.

Es el Congreso Nacional la institución que tiene la responsabilidad de decidir y debe hacerlo libremente. Las amenazas para direccionar voluntades de las personas son propias de regímenes autoritarios. Sobran ejemplos en la historia. Era moneda corriente en aquellos que estaban detrás de “la cortina de hierro”, bajo la órbita del socialismo soviético.

El oscuro personaje que pregona males sin fin en caso de no ser obedecido, se ha convertido en una suerte de politrukacriollado, designado para blandir un garrote mañanero para sostener extremos. Impropio de quienes deben bregar por el equilibrio y la paz. 

En democracia, no.

Naturalizar situaciones como esta implica un fuerte retroceso de las instituciones y el avance de un pensamiento autocrático que si se asienta provocará graves daños a la ya dañada trama social.

Es peligroso porque el Poder Ejecutivo nacional pretende una delegación de poderes en su favor que no es más que lograr la suma del poder público, en momentos en que las Cámara Legislativas están en pleno funcionamiento. Toda la discusión sobre el decreto de necesidad y urgencia y el proyecto de ley ómnibus, no es más que un artilugio destinado a socavar los cimientos del Estado de derecho.

Un Poder Ejecutivo que llama públicamente idiotas útiles a los que no piensan en su mismo sentido, no puede recibir facultades delegadas. Carece del equilibrio necesario. En este corto tiempo mostró que carece de empatía. Ni la más mínima.

Con aires fundacionales apuntan a poner en modo pausa el orden Constitucional, con un vanidoso decreto de necesidad y urgencia denominado Bases para la reconstrucción de la economía argentina y un proyecto de ley que, en una especie de collage desorientador, mezcla materias y mecanismos que nada tienen que ver entre sí.

Todo por el objetivo preciado de las facultades extraordinarias. Todo muy ordinario. 

¿Habrán oído el vocero presidencial y su jefe las expresiones de la notable jurista Aída Kemelmajer de Carlucci?  Al exponer, ante el desordenado plenario de comisiones que tratan la ley ómnibus en la Cámara de Diputados de la Nación, afirmó con contundencia que “las reformas propuestas al código no tienen ninguna relación con el déficit del Estado, ni con la inflación ni con la economía regular, ni con la libertad y mucho menos con lo que el pueblo votó a quien nunca se le dijo en campaña que se reformaría el Código Civil y Comercial”.

Contundente, al abordar su materia, esta personalidad, absolutamente alejada de posturas políticas cerriles, estudiosa, constructora incansable de consensos en los últimos años, esencialmente democrática, no rechazó la posibilidad de discutir e introducir cambios, pero pidió hacerlo de manera ordenada, buscando sostener un sistema. 

Dejó perfectamente claro para propios y extraños que es falso el argumento para reclamar emergencias infinitas. Después de oírla (y como ella a cientos de representantes de la sociedad), está claro que los objetivos ofrecidos públicamente, poco tienen que ver con los reales.

En otro tramo de su alocución Kemelmajer enfatizó que “si ahora cambiamos unas normas y no cambiamos de otras, eso va a generar una serie de juicios y de pleitos terribles”.

¿Será una argentina de bien? O estará del lado equivocado de la historia. Digresión: sería bueno que se explique qué entienden por lado equivocado. Y que entienden por historia quienes gobiernan la Argentina.

El sistema está funcionando. Es perfectible, sin duda.

Las cámaras legislativas fueron renovadas el año anterior. La Justicia intervendrá donde haya un conflicto, porque también está plenamente constituida.

¿Necesidad y urgencia? No suena creíble cuando uno de los principales colaboradores y seguidores de Javier Milei como es el diputado Martín Menem, no designó a los integrantes de la comisión bicameral que debe tratar el Decreto de Necesidad y Urgencia. Rarísimo. Reprochable.

Volviendo sobre el locuaz Adorni y su verba incandescente a la hora de practicar la intimidación pública, no se puede aceptar que, al referirse a las provincias diga: “Efectivamente vamos a revisar cada una de las partidas que el gobierno nacional aporta a las provincias, sin tener ningún tipo de contemplación, a sabiendas de que si no votan la ley, claramente entienden que el ajuste va a ser mayor para todos, no solo para el gobierno nacional, sino para cada una de las partidas que el gobierno nacional transfiere a las provincias” (la negrita es nuestra).

Muy grave. Un improperio que no se puede dejar de señalar. Un gobierno que lidera una persona que se sustenta en las fuerzas del cielo, tiene un vocero que vomita azufre anunciando infiernos que por supuesto, sufrirán los más humildes.  Y ofende investiduras surgidas del voto popular en una especie de deporte libertario predilecto.

No es menor que todo esto es posible porque quienes precedieron en la ocupación de la Casa Rosada erraron feo en alguna de sus políticas, faltó autocrítica, capacidad de reacción, hábito de escucha y la población les dio la espalda.

Pero la brutal devaluación de diciembre, que pulverizó el salario, especialmente el de los jubilados, es responsabilidad del actual mandatario. Potenció la inflación con sus declaraciones y promoción de expectativas inentendibles. Eso sí, junto con su vocero, echan la culpa a otros. Ellos son argentinos de bien.

Destrozar el poder adquisitivo de este modo en poco más de un mes, es puro mérito de los libertarios. Harán desaparecer, en nombre de cambiar la vida a los argentinos, la ya raleada clase media.

Insisto: neronianos. Por lo tanto, no se le puede dar facultad delegada a personas que, ante la oportunidad de promover claridad a través de la palabra, se ocupan de ofender, amenazar y ofrecer a la vapuleada ciudadanía, ningún tipo de contemplación. Que las fuerzas del cielo nos ayuden.

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