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Elogio de la casuística

Por Miguel Ángel Federik (*)

La casuística es un antiguo método de razonamiento basado esencialmente en las circunstancias especiales de cada caso y ha sido útil tanto en materias morales como jurídicas para evitar los abusos e injusticias a las que suele llevar de continuo un pensamiento rígido y derivado de consignas o principios inamovibles, propios de épocas oscuras y/o de mandamases oscuros y fundamentalistas. Ya los romanos decían: summun ius, summa iniuria, es decir, sumo derecho, suma injusticia. Ahora bien, el abuso de la casuística -como todo abuso- llevó a su descrédito y al retorno de su opuesto: el razonamiento deductivo abusivo, inmoral, antijurídico e inaceptable a la conciencia social dominante y mutable, por cierto.

Hoy se habla de suprimir las jubilaciones de privilegio de gobernadores o vices, y supongamos que la moral cívica dominante lo consiente; pero no estaría mal recurrir a la casuística y establecer que sólo tendrán derecho a ella quienes en su desempeño no hayan cometido delitos contra la Administración Pública, y/o contra el pueblo y/o las Autonomías Provinciales, y/o contra el Estado de Derecho y/o que no gozare de otros beneficios, etc. Recordemos la augusta y serena pobreza en que murió Elpidio González, el vice de Irigoyen, vendiendo anilinas por su barrio, después de las mil y unas penurias de su militancia política. La casuística aconsejaría llamarla Pensión al Mérito Elpidio González, y se accedería a ella, sólo atendiendo a las circunstancias del caso y por mayoría legislativa, pero no suprimirla de cuajo ignorando y despreciando los males que también trae el accionar político a hombres y mujeres que de buena fe se entregan a ella en vida y obra altruista y denodadamente.

Del mismo modo, ahora se pretende suprimir al Banco Central, “porque emite moneda para financiar al Estado ineficiente y es causante de la inflación que todos padecemos”. Supongamos que “todos” coincidimos en ello. Pero el Banco Central, además de emitir moneda, es el órgano que rige por ejemplo los encajes obligatorios que aseguran el ahorro de los argentinos, y/o establece la tasa testigo de interés, y/o controla la liquidez y solvencia de todo el sistema financiero, que de otro modo quedaría a merced de la banda de forajidos nacionales e internacionales que ya sabemos y conocemos. La casuística en este caso aconsejaría asegurar su independencia y someter a juicio político a su presidente y directores al final de cada mandato, como el derecho colonial sometía a los virreyes. De igual modo el delirio de privatizar al Banco Nación causará un desastre parecido a aquello de “ramal que para, ramal que cierra” que, si bien evitó el déficit de los ferrocarriles, también llevó a la desaparición de pueblos enteros como una peste nacional aún no mensurada en todos sus efectos dañinos, incluido que los que quedaron, siguieron siendo “subsidiados” de mil y una manera.

Suprimir el Banco Nación llevará al cierre de cientos de sus 700 sucursales y a que por ejemplo todos los fondos y/o transferencias del Estado Nacional a las Provincias y/o Municipios circulen por la “banca privada” sujeta a comisiones, cargos y otras expoliaciones indecibles. Por eso hago este elogio a la casuística contra todo discurso autoritario, reduccionista y hasta insolente y agraviante al sentido común. Si hay una desgracia que certifica la decadencia argentina, es precisamente la creencia infantil -con perdón de los niños y niñas- de creer en magos, iluminados, iniciados, aparecidos o “enviados celestiales”. Mañana mismo aumentarán las tarifas del transporte público de pasajeros…es decir: dejará de ser “público” y será privatizado por resolución inconstitucional a la vista. Sin casuística no habrá orden, ni Estado de Derecho duradero. Ya es hora de saber que toda decisión del Ejecutivo y/o del Legislativo está sujeta al control constitucional de la Corte Suprema de Justicia, y hasta de Tribunales Internacionales en más de un caso. El racionalismo económico-financiero absoluto y tendiente al excelso y divinizado déficit cero, es incapaz de demostrar la “suprema irrracionalidad esencial” de toda y cualquier tasa impositiva, o por qué el IVA o las retenciones o ganancias o bienes personales o ingresos brutos o tasas generales, etc. etc. son del 21% y/o de cero, y/o del 35% como tampoco se explica “racionalmente” por qué se insiste en aumentar impuestos generales que afectan al pueblo entero en vez de reducir exenciones ocultas o secretas, que sólo benefician a corporaciones “amigas”.

La casuística exige avanzar caso por caso y ello implica diálogos y consensos. Ya es hora de recordar que el Acuerdo de San Nicolás -y la Constitución de 1853 de él nacida- se basó en parte y sólo en parte- sobre “Las Bases…” del actualmente manoseado Dr. Alberdi, y fue posible porque Urquiza lo dejó deliberar libremente sin ponerle miles de hombres, cañones, lanzas y caballos rodeando la manzana o persiguiendo a quienes se opusieran a sus predilecciones personales.  Elogiar la casuística es honrar nuestra historia real y dar muestras cabales de una fe en la democracia de los diálogos y el inexcusable respeto a todas las diferencias, incluidas las Autonomías Provinciales que son anteriores a la Nación misma en virtud de Pactos Preexistentes, que se están poniendo en peligro. Lo contrario tiene un nombre que ya sabemos y ya han fracasado las sucesivas dictaduras que pusieron sus “estatutos” y/o “reglamentos” por encima de la Constitución Nacional. El muy racional y francés Blas Pascal, contradictor de las casuísticas, llegó a escribir: Si apuesto a que Dios no existe, y finalmente existe: pierdo. Si apuesto a que realmente existe, y finalmente no es así: no pierdo nada. A razonamientos acomodaticios de ese talante un poeta del tamaño de Jacques Prévert, le llamó sencillamente las apuestas estúpidas… Por eso elogio la casuística y soy enemigo vital de esas apuestas. No creo en gobernantes por derecho divino, menos aún en los auto-predestinados a la vista y sospecho de la salud mental de quienes así se proponen y anuncian. Dialogar, consensuar, comprender y tolerar todas las diferencias es propio de la democracia y de la casuística. Tampoco se puede gobernar “divinamente” en nombre de pecados capitales, tales como la soberbia, la avaricia, la ira y la pereza. Nadie ha vuelto por decretos de necesidad y urgencia al Paraíso.

(*) Miguel Ángel Federik es escritor y ensayista, Premio Fray Mocho en el Género Poesía de la Provincia de Entre Ríos.

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