Sección

Milei, el golpe y después

Por Hugo Remedi (De ANÁLISIS)

En esta Argentina desquiciada y famélica de odios, sectores políticos claramente identificados con buena parte del pasado empezaron a mostrar el hocico y ya están cultivando la semilla golpista a la sombra de una crisis que tiene a la sociedad de rodillas. En tanto, del lado extremo opuesto el presidente con solo 60 días de gestión, luce desmembrado de racionalidad y poco hace como primer responsable institucional del país, para ayudar a evitar que los planetas colisionen y se partan en mil pedazos. Muchos saben el significado del la trágica palabra “golpe” en nuestro país, para lo cual solo habría que leer el pasado o preguntarle a la generación que vivió semejante mancha de la historia argentina, o recurrir al relato de padres y abuelos, como para de ese modo tomar dimensión de la verdadera catástrofe que sería adentrarse en aventura semejante.

Lo que aún se muestra como el intento de un sutil quiebre institucional es una clara definición política de los sectores políticos más talibanes que aún quizás no han superado la imposibilidad de acceder al poder para imponer sus ideas o ser parte del mismo pero, tener que haberse rendido a la oferta electoral y partir hacia el ostracismo de modo inesperado.

Algunos ya lo hacen a cara descubierta.

Juan Grabois por lo pronto ya nos adelantó por fortuna que, Mauricio Macri junto a la vicepresidenta de la Nación Victoria Villarruel, son parte del plan sedicioso, como para subir la guardia a tiempo.

Y, lo dramáticamente curioso es que el embrión viene tomando cuerpo desde sectores políticos que históricamente lo sufrieron en carne propia pero que sin embargo no escatiman la escalada de odio hacia Milei concretamente y a Bullrich en segundo lugar. Y de ese modo flagelar una gestión que tambalea lo suficiente en lo que hace a dar respuestas a tono que no sea solamente tomar decisiones que profundizan la crisis. Todo lo cual sirve entonces como para advertir, en principio, que el manual libertario no era tan sublime como se vendía rumbo a las elecciones del año pasado.

El gobierno nacional aún no tiene ni gestión ni política.

Desde la gestión está el gobierno reducido a remarcar precios a todo lo que caiga en los bolsillos de la vida y en política, en tanto, vivió el gran papelón de bautismo de gestión cuando perdió la primera gran batalla en el tratamiento de ley ómnibus, casi desde un infantilismo impensado, perdiendo apoyo original en cuestión de media hora y dos cafés que se tomaron en una mesa de cuatro.

Por ahora, lo de los libertarios es solo el contraste de una miscelanea que se debate estérilmente entre discursos de impacto, intentos de generar golpes de efecto, cabezas rodando y jugar al guapo del barrio apelando como arma más contundente recordar insistentemente la magra historia de las gestiones que lo precedieron, fundamentalmente a lo que para las fuerzas del cielo representa el mal de kirchnerismo.

Argentina es una cosecha de enemigos que está implosionando sin pausas. De Nación baja el excremento que ahora ya esta enchastrando a gobernadores e intendentes que no abren la boca para que no le bloqueen el grifo de los recursos, pero que sin embargo se lo están cerrando de todos modos.

La situación es caótica pero el kirchnerismo como principal fuerza opositora, inteligentemente no aparece en escena, como para no distraer la crisis. Aburrida la ex presidenta acaba de publicar otra carta orientadora como aporte al futuro nacional, olvidando curiosamente que venimos de 4 años de gestión nacional paupérrima y costosa con un presidente elegido a dedo por ella y con su persona integrando el ejecutivo.

Se hizo herida ya ver al kirchnerismo como criticón alejado del oficialismo del que fue parte despegándose del perro con pulgas, pero ocupando durante la gestión de Alberto Fernández los cargos más importantes del gobierno nacional.

En definitiva, ni de este lado ni del opuesto conocen por soberbia lo que es la palabra autocrítica, y así siguen encerrados en la nube de espuma contaminada de fanatismo demoledor que ya no se disimula.

Hablar tan siquiera de la posibilidad de un quiebre institucional es criminal, más allá del presidente de turno. Por eso no habría que recorrer demasiada distancia como para preguntarle a los mesiánicos promotores de un golpe de Estado que tienen para ofrecer en el momento justo del después: ¿tomar el poder a las trompadas? ¿elegir con el dedo nuevamente? ¿recorrer nostalgias del pasado pero sin militares a la vista?

¿Que ofrecen además de quebrar el orden institucional? Muertos en la calle no es una opción.

Que queda entonces luego de despejar el matorral: lo que ya fue y dejó un país en ruinas moral, política y económicamente. Lo que se viene que aún no se sabe cuánto calza y que como consecuencia no puede caminar o lo que es más grave, ir detonando gestión en capítulos. A Al Capone no se lo corre con el diablo, eso es seguro.

Difícilmente haya ideas montadas sobre el hecho de demoler una casa si no se tiene el proyecto de una nueva. Y por ahora nuevo no hay nada: solo los vicios nefastos de siempre, pero ahora con la gravedad de que aparecen “revolucionarios” que se frotan las manos con ideas imperdonables.

Entonces cabría preguntarse: este país ¿necesita un plan económico urgente? ¿o en su defecto un pelotón de terapeutas como para ordenar el desquicio que afecta a unos y otros?

 

Edición Impresa

Edición Impresa