Por Néstor Banega (De ANÁLISIS)
Quien se adueñe de la conversación pública, lleva las de ganar en las lides de la política. El centro de la escena es, desde la apertura de sesiones ordinarias del Congreso, del presidente de la Nación, Javier Gerardo Milei. Chapó. Desde el faldistorio discordante sostuvo y profundizó las agresiones hacia quienes ocupan las bancas de ambas Cámaras, esta vez, en vivo y en directo.
Consideró a los presentes parte de una organización criminal, miembros de un esquema putrefacto que involucra a los tres poderes del Estado. Nadie se conmovió. El que calla otorga afirma el refranero popular.
La falta de reacción frente a los improperios del presidente y de su barra brava, nos muestra lo profundo de un problema: la crisis de representatividad. Es real, sostenida y se agudiza.
Este escenario, de confusión, debilidad o auto proscripción de los integrantes del espacio donde -sostiene el constituyente- el pueblo delibera y gobierna a través de sus representantes, fue aprovechado desde el Poder Ejecutivo, que se plantó en el centro y no cede, desplazando sin sutilezas a quienes deben legislar.
¿O es que el miedo que paraliza, el peor de los miedos, se instaló en el parlamento argentino?
La falta de fortaleza de los espacios deliberativos no es un fenómeno novedoso. En 1993, en Santa Fe, la Organización de Estados Americanos y otras organizaciones (preocupadas ya en ese entonces), llevaron adelante un importante trabajo sobre la crisis de la representación política y el Poder Legislativo.
En uno de los ensayos se indicaba que “la crisis de la representación es la crisis de la vida política misma, pues el fenómeno de la representación es central en las democracias occidentales y constituye por lo tanto un problema que apunta al corazón mismo del sistema”.
En los apuntes del aquel encuentro se puede leer que la a crisis de la representación se la puede definir como la pérdida de confiabilidad en los partidos, en el parlamento, en las grandes estructuras de mediación, pero no así, en la democracia. Celebramos esto último. Ojalá siga siendo así.
La refundación falaz
En una opinión previa a la apertura de sesiones del Congreso Nacional, nos preguntábamos si el acto podía ser una fractura histórica o el inicio de una salida.
Analizado el discurso presidencial, reconocemos, las incógnitas persisten. Tal vez por este extravío generalizado que atraviesa la sociedad. Todo es incierto y la agonía una constante. Sufrimos hacia nuestro interior.
No se puede negar la singularidad de la presentación. Es que mientras no dudó en proponer un ojo por ojo frente a quienes piensan distinto, en ir por sus objetivos a cualquier precio, lanzó la peregrina idea de suscribir un pacto.
Aquí nos detenemos un instante. Pacto es, en una de sus definiciones, el acuerdo o tratado que dos partes se comprometen a cumplir. Lo llamativo es que en, este caso, el pacto ya está escrito. Es decir que quien firme sólo estará aceptando lo que ha definido una de las partes.
Entonces, no es un pacto, es otra cosa. Es una imposición. Es, desde quien lo lanza, una actitud que ofende y degrada a la otra parte. Muy común en instancias donde se quiere doblegar y quebrar la voluntad, negándole dignidad y derecho a decidir al que no le queda más que firmar.
Entonces, llamarle pacto a un documento escrito de antemano es, por lo menos, desprecio por el otro. Todo se torna más llamativo cuando el convidado de piedra (que suponemos desconocía el contenido), de inmediato lo acepta. Sin analizarlo, apenas terminada su lectura.
Peligroso hacerlo sin evaluar siquiera las consecuencias que tendría la aplicación de los nuevos mandamientos en su ámbito de responsabilidad.
Es que al supuesto pacto lo deberían suscribir los gobernadores, que representan a las provincias y, por lo tanto, responden a las instituciones existente. Para que tenga efectos en el territorio, deberá contar con aprobación legislativa.
El discurso presidencial dejó en claro la idea de querer ser fundacional, pero lejísimos que esto pueda ser a través del diálogo o el consenso. Porque, y aquí tomando la mirada del presidente, se trata de una situación confusa y de ribetes mafiosos.
¿Extorsión?
Es que, lo dijo con toda claridad, para llegar a la firma de estos diez puntos, primero, le deben aprobar normativas que el propio Congreso Nacional ya trató y que fueron “retiradas” en forma intempestiva cuando -haciendo uso de sus atribuciones constitucionales- los representantes del pueblo introdujeron modificaciones, pasando a convertirse en traidores.
Esto es, lisa y llanamente una extorsión.
Busca que las víctimas se conviertan en cómplices. Así, en las últimas horas, profundizando el proceso de destrucción del poder adquisitivo, involucra a los gobernadores (extorsionándolos públicamente a través del ministro del Interior) para volver a gravar con el impuesto a las ganancias los salarios.
Asfixia con todas las herramientas a su alcance a los ciudadanos y a los gobiernos, para después, ante la debilidad, tomar todo para él. Típica escena de tortura mafiosa.
Sería algo así como ver la paja en el ojo ajeno y no la viga del lagar en el propio.
Dudas en la comarca
Este nuevo atropello, esta extorsión, que empuja a los Estados provinciales a recaer bajo el influjo de la porfía presidencial, abre interrogantes sobre las consecuencias que puede tener en Entre Ríos la consecución del supuesto pacto.
Es que Milei pidió expresamente ser recibido en su llegada al Congreso por José Luis Espert. Es llamativo que se potencie a este economista, devenido en libertario cual viejo tuno de la casta, que predica a los cuatro vientos -desde hace años- que sobran un millón ochocientos mil empleados públicos.
Que, además, se dirige a las provincias diciendo: “Tienen que hacer el ajuste, no se hagan los boludos”.
Estas situaciones desparraman dudas en la comarca, porque hay triste historia de los ‘90, década en que las políticas desplegadas por el inefable riojano, provocaron desastres ejecutados por sus seguidores locales (léase ley 8.706).
El rápido apoyo que logró el presidente de algunos gobernadores, ante esos recuerdos, advierte, alerta.
Es de esperarse que sea firme y sostenida en el tiempo la afirmación que hizo hace apenas algunas horas el ministro de gobierno de Entre Ríos, Manuel Troncoso, quien resaltó que la voluntad de la administración provincial es que “los trabajadores no sean la variable de ajuste”. Un respiro ante tanta asfixia.
Milei y sus falsos ídolos
El presidente, que gusta de las lecturas bíblicas, también tiene sus falsos ídolos. Debería repensar la valoración que hizo del ex presidente de la Nación, Carlos Saúl Menem.
Se trata del mandatario considerado hasta hoy por la población de Río Tercero, provincia de Córdoba, como responsable político del estrago doloso (comprobado en la Justicia) que se cometió para borrar pruebas del contrabando de armas realizado desde Argentina a Ecuador y Croacia. El tiempo y la desmemoria no otorgan indulgencias. Los falsos ídolos preanuncias las tropelías del profesante.
Esta desconfianza nace de observar que se eleva a un pedestal al que hizo estallar una ciudad para ocultar vileza institucional.
Entre mandamientos y obsesiones
Cuál émulo de bíblicos personajes, a los que gusta citar con particular sentido y frecuencia, el presidente Milei no dudó, durante el éxtasis extorsivo, en presentar sus propios mandamientos.
No todos podrán ser parte de la misión. Réprobos y elegidos. Solo podrán firmar en Córdoba quienes estén “a la altura de las circunstancias”, aseguró. Y para quienes no alcancen la estatura, fuego, azufre y desfinanciamiento.
El pacto de mayo, simbólicamente, fue lanzado al ciberespacio escrito con letra que imita la usada en las actas de 1810. Todo un dato. Muestra que lo de refundar es todo un borrón y cuenta nueva.
Cada vez más atrás el punto de partida, lo que implica que estamos cada vez más lejos la llegada.
Usa caligrafía anterior al año 1813, cuando se intentó avanzar en una Constitución que abolió la esclavitud y desterró la tortura.
Llamativo que cada vez que el presidente reitera propósitos se vaya más y más para atrás. Como empujándonos a la prehistoria.
Pero no reniega de sus obsesiones, como son la propiedad privada y su deseo de avanzar en la explotación de los recursos naturales. ¿Será que se quiere terminar con las políticas de preservación del medio ambiente que tienen algunos Estados provinciales?
Entre mandamientos y obsesiones, borrando la historia del país casi por completo, con ansias de profeta, asfixiando y aflojando para conseguir sus propósitos, megalómano, se acerca -peligrosamente- al complejo de Dios. Que las fuerzas del cielo nos acompañen.





