Adelanto del libro “La noche de las corbatas”

Una noche, una historia dolorosa

Edición
1045

El represor circulaba entre los cinco abogados con lentitud, marcando cada paso con los tacos.
—¿Qué es esto? —preguntaba, hacía una pausa breve y respondía:
—Esta es la Noche de las Corbatas.
A sus pies estaban las víctimas: encapuchadas, torturadas, temerosas y confundidas.
—¿Qué es esto? —insistía—. Esta es la Noche de las Corbatas, pero resulta que ahora los queadministramos justicia somos nosotros.
Los abogados laboralistas comprendieron, por fin, la razón de su desventura: los habían secuestrado y torturado por defender a los trabajadores y a sus organizaciones sindicales.

El miércoles 6 de julio de 1977, dos días antes, había comenzado a cambiar la rutina de La Cueva,una construcción subterránea debajo del radar de la Base Aérea de Mar del Plata. Gente que iba yvenía, autos que circulaban, bocinazos, el teléfono que sonaba con insistencia. Allí fueron llegandolos letrados, golpeados y muy conmocionados. En dos jornadas de movimiento intenso, el operativoestuvo completo.

Dos semanas antes, el abogado Jorge Candeloro y su esposa Marta García habían sido llevados allídesde Neuquén. Marta fue violada como parte de las torturas. Jorge, picaneado y golpeadosistemáticamente, murió pocos días después de llegar.

Al llegar a La Cueva, el doctor Salvador Arestín ya tenía un corte profundo en el cuero cabelludo;su colega Raúl Alais padecía un ataque agudo de sinusitis y se quejaba porque no podía respirar.

Norberto Centeno, el mayor del grupo y uno de los más prestigiosos laboralistas argentinos, noentendía quién lo había secuestrado y tampoco podía concebir esa situación. Tomás Fresneda y sumujer embarazada, Mercedes, sufrían el mismo tratamiento por parte de los represores. Losinterrogatorios se orientaban a la actividad política de los secuestrados, pero de manera incoherente,como si los secuestradores tuvieran poca información previa. Preguntaban sobre datos elementales del desarrollo profesional y la vida pública, hacían afirmaciones delirantes o montaban escenas como cantar la marcha peronista.

Los represores cuidaban especialmente que los abogados no se quitaran las capuchas y no tuvierancontacto entre sí. Pero una de aquellas noches infernales, el carcelero se emborrachó y pudieronjuntarse para reconocerse. La pequeña reunión se disolvió cuando devolvieron a Centeno tras unasesión de tortura. Uno de los represores le ordenó a Marta que le diera agua. La viuda de Candeloromojó su vestido y se lo acercó a los labios. Centeno temblaba.

—¿Quiénes son, quiénes son?
—Quédese tranquilo, acá somos varios… ya vamos a salir.

(Más información en la edición gráfica número 1045 de ANALISIS del día 25 de agosto de 2016)

Edición Impresa