A menudo se le exige a los jugadores de fútbol como si no fueran unos pibes. Pareciera que el dinero, la fama y todo lo que tiene el grupo selecto de jugadores, los transformara en robots a los cuales todo se le puede exigir. Como si sus cabezas y corazones abandonen sus funciones para responder a un deber ser mercantilizado. Deben cumplir. Esto en Argentina se multiplica por mil.
Lo físico es obvio, pero el esfuerzo emocional que hizo este grupo de jugadores se pudo ver en vivo y en directo. En el mundial de las redes, los campeones del mundo se permitieron llorar, dar contención, hablar de terapia y del camino angustiante que tuvo cada una de sus carreras.
El pueblo pudo saber sin intermediarios que quienes hoy están en la historia del fútbol mundial, son pibes. Como nuestrxs hijxs, primxs, amigxs, hermanxs. Que sufren, que el dinero no es mágico ni resuelve problemas que no se compran. Que la fama no resuelve los problemas de inseguridad.
Lo que vivimos ayer (20 de diciembre del 2002) en la ciudad de Buenos Aires puede tener una de sus explicaciones en ese esfuerzo manifiesto. El pueblo vio como un grupo de pibes talentosos pero normales pudo revertir situaciones de mucha adversidad, con trabajo, profesionalismo y pasión, con corazón y precisión.
Quizá sea eso lo que genera este fenómeno de identificación, de simbiosis, entre la gente y este grupo. El pueblo, la historia de un país, a menudo se encuentra ante la obligación de resolver la adversidad, muchas veces con talento y otras veces con lo que queda en el fondo de la olla de cada corazón. Muchas veces fracasa, como este grupo, como todxs en la vida. Quizá eso sea también lo que explica -a la inversa- otras disociaciones que podemos observar a menudo.
Cuando Lionel Messi levantó la copa del mundo -en un acto de justicia histórica- el pueblo entendió que estábamos en falta. Que el esfuerzo que habían hecho esos muchachos, para pintarnos con colores nuestra grisácea y trágica realidad, debía ser retribuido. No podíamos ser desagradecidos con los responsables del llanto más hermoso que tuvimos casi todxs hace un par de días.
Creo que allí hay una de las explicaciones de lo ocurrido ayer en Buenos Aires.
Para quienes fuimos desde las provincias las estaciones de servicio ya eran un indicador. Lxs que vamos habitualmente a las canchas de Buenos Aires ya sabemos de qué se trata, pero acá no había distinsión. Cada auto que paraba estaba vestido para ir a recibir a los campeones. Para lxs de las provincias es un esfuerzo, no sólo económico sino en pocas horas de sueño e incluso poniendo en riesgo su integridad, no podemos desconocerlo. Entiendo que quienes viven en el conurbano y en la propia ciudad también se esfuerzan. De otra manera, con otras dificultades.
Me tocó recorrer toda la zona donde nunca llegó la selección con su colectivo. Fuimos lxs que saludamos emocionados a helicopterxs donde sabíamos estaban ellos. Nuestro aporte fue engrosar esa multitud que parecían hormigas para quienes nos hicieron felices hace un par de días, a quienes nos sacaron una sonrisa en tiempos de tanta pena.
Y a pesar de lo insiginificante que parece ser hormiga, no se llega a eso sin un gran esfuerzo. Obtener un buen lugar en el obelisco para poder verlos fue todo un desafío que atravesaron familias enteras, grupos de amigxs y hasta muchos locos sueltos. Lxs niñxs aprovecharon que se vendía espuma para transformar la espera en un carnaval. De fondo, la gente cantando y saltando, un común denominador de cada calle porteña este martes.
En un momento comenzó a correr la bola de que allí no iba a ocurrir lo esperado. Muchxs decidimos irnos, otrxs en un gesto hermoso comprendieron que su aporte a la historia estaba en seguir agitando ahí. Quizá tenían la esperanza de que sea mentira, no sé. Lxs que nos fuimos teníamos que decidir sin señal ni información concreta. Era tomar decisiones a ciegas. Algunxs fueron para el Paseo del Bajo y otros para la autopista 25 de Mayo previo paso por Casa Rosada -el escenario ideal que pudo haber evitado todo lo otro si no fuese por la bajeza de la discusión política de este país. Se decía que ni el chofer del colectivo sabía por donde ir.
Decidimos ir a la Autopista 25 de Mayo. Para quien no la conoce, es una de las tantas autopistas en altura que hay en la ciudad capital. Es algo hasta riesgoso pensar en multitudes a cien metros -o más- de altura. Mucho más con la algarabía que se manejaba.
Llegamos parte caminando y parte corriendo porque algún loco empezó y todos elegimos creer que era porque estaban cerca. No hay lógica, no hay razón. Sólo esa idea de poder tenerlos cerca. Más de uno debe haberse creído Di María corriendo al vacío tras un pase de ÉL.
Subimos a la autopísta como vándalos, saltando y rompiendo tejidos para subir por los terraplenes que elevan el cemento hasta despegarse del piso. No me explico cómo alguien tenía una pinza alicate enorme que sacó de su mochila para cortar el tejido por donde pasamos nosotros. Mejor país del mundo.
Una vez arriba comenzamos a entender que por ahí tampoco iban a pasar. No se podía, habíamos colmado el lugar por donde debían pasar en colectivo con una multitud al lado por una autopista en altura. Un riesgo imposible de asumir por nadie razonable.
Me tocó mirar una escena que guardaré para siempre: autopistas que se cruzaban por el aire, todas repletas por el pueblo argentino cantando feliz. Allí, todos expuestos al sol por horas cabeceaban globos inflados con agua por los vecinos para refrescarnos. Incluso, alguno que otro manguereaba multitudes desde el balcón de su casa.
Caminamos sin sentido, en dirección hacia donde la mayoría de la gente caminaba. A cada paso, nos dábamos cuenta que ya no iba a ocurrir lo que buscábamos. No importaba, la gente saltaba, bailaba, festejaba, alentaba. Sentimos lo mismo que lxs que se quedaron en el Obelisco desde el vamos. La justificación de nuestra presencia no era la de nuestro egoismo de mirarlos de cerca, era que ellos desde el cielo puedan sentir nuestro agradecimiento. Había que saltar alto, había que cantar fuerte, para que ellos vean el esfuerzo que estábamos haciendo para devolverles el que hicieron por nosotrxs.
En nuestro caso vimos los helicópteros con un hermoso mural de Maradona de fondo.
Así siento que hicimos esta historia. Nos movilizamos como nunca antes nos habíamos movilizado. Copamos cada calle, cada barrio. Bailamos en cada uno de esos lugares. Todxs juntos: lxs que la sufren más y lxs que tienen mejor pasar, lxs que vieron las primeras dos y lxs que lloramos hasta tener la tercera. Sólo una minoría elitista que no comprende del sentir popular quedó fuera, no nos importan, por eso para ustedes NADA.
La historia de un país es la historia del pueblo y este pueblo castigado decidió hacer historia por un grupo de pibes que nos dio una gran alegría. No vamos a dejar de tener los dolores y dificultades que tenemos a diario, pero lo afrontaremos con una sensación de éxtasis aún difícil de magnificar. Hicimos el esfuerzo por hacerlo de unas cinco millones de personas.
Autor: Juan Cruz Butvilofsky de ANÁLISIS




