Mejor mirar para otro lado
Alguna vez, allá por marzo de 1996, cuando se leyó la sentencia que condenaba al expolicía Carlos Balla, como partícipe del secuestro y crimen del escribano Rubén Calero -sucedido en 1991-, los vocales del tribunal y el fiscal Jorge Beades se tuvieron que ir por la puerta del costado por la cantidad de sillas que les arrojaron y las amenazas de