Iglesia y Masonería, frente a frente

El regreso de un púlpito y la historia oculta de la Catedral

Edición
1174

La reciente restitución a la Catedral de Paraná de un histórico púlpito, retirado del templo hace seis décadas, permite reconstruir la historia de un edificio que es mucho más que un templo religioso. Esta investigación de ANÁLISIS revela, además, que originalmente hubo dos púlpitos exactamente iguales y enfrentados entre sí. Uno acaba de regresar a su lugar; el otro también sobrevivió, aunque fuera de la Catedral. Dónde está, cómo llegó hasta allí y qué destino podría tener son parte de una historia que atraviesa las transformaciones del templo y oficia como disparador para conocer las singulares relaciones de convivencia, cooperación y también enfrentamiento entre la Iglesia y la Masonería entrerriana.

Jorge Riani

Un histórico púlpito de la Catedral Metropolitana de Paraná volvió recientemente al lugar que ocupó durante años. La pieza, retirada del templo a mediados de la década de 1960, después de las transformaciones litúrgicas impulsadas por el Concilio Vaticano II, permaneció durante años en el Museo Histórico Provincial “Martiniano Leguizamón” hasta que fue recuperada recientemente e incorporada de nuevo al patrimonio de la Catedral.

Más que la restitución de un objeto, el regreso del púlpito permite volver la mirada sobre una Catedral que guarda entre sus muros, vitrales, mármoles, ornamentos y altares, buena parte de la historia de Paraná y de Entre Ríos. Aquel púlpito no es solamente una pieza artística: es también el testimonio de generaciones que escucharon desde allí la palabra de los clérigos, en una época en que las misas se celebraban en latín y la disposición del templo era muy diferente de la actual.

Dos púlpitos frente a frente

El púlpito que regresó a su lugar en las últimas semanas no era el único que tenía la Catedral.

Había dos, exactamente iguales y enfrentados uno al otro. Así lo explicó a ANÁLISIS el arquitecto Marcelo Olmos, un profundo conocedor del patrimonio religioso de Paraná y uno de los impulsores del Museo Arquidiocesano, creado a partir de la colección reunida por el obispo Abel Bazán y Bustos.

Olmos fue, además, director del Museo de Bellas Artes de Paraná “Pedro E. Martínez” y del Museo de Bellas Artes de Santa Fe “Rosa Galisteo de Rodríguez”. Su conocimiento de la historia material de la Catedral permite reconstruir algo de aquello que el paso del tiempo y las sucesivas reformas fueron borrando.

Lo que habitualmente llamamos “púlpito” es, en realidad, la parte inferior de la estructura. Por encima se encontraba el tornavoz, una suerte de dosel, coronado por la figura de un ángel, destinado a proyectar y expandir el mensaje del sacerdote por todo el edificio.

Del segundo púlpito, el tornavoz y el ángel se conservan actualmente en dependencias del Arzobispado.

La parte inferior, en cambio, está en manos privadas. Según pudo averiguar esta revista, se encuentra en el living de la casa del ingeniero Ángel Luis Moia, apoyada sobre una base construida especialmente para sostenerla, ya que la pieza original termina en una especie de piñón y no fue concebida para descansar directamente sobre el piso.

La fuerte vinculación de la familia Moia con la Iglesia local, permite a muchos ilusionarse con que finalmente el empresario -quien adquirió legalmente la pieza- se decida a donarla para completar el rompecabezas histórico.

Las huellas del Concilio Vaticano II

Para entender cómo se llegó a esta situación hay que retroceder hasta los años posteriores al Concilio Vaticano II y a la profunda transformación que atravesó la liturgia católica.

En la Catedral de Paraná, aquel proceso tuvo consecuencias drásticas sobre el patrimonio aunque no por mandato del Concilio sino por una interpretación extrema de sus postulados. El antiguo altar mayor fue desmontado sin necesidad. Allí donde durante siglos el sacerdote había celebrado la misa en latín, mirando hacia el mismo lado que los fieles, comenzó a celebrarse de frente a la asamblea. En lugar de conservar el altar original y construir uno nuevo delante de él, se optó por desarmar gran parte de la estructura existente.

También desapareció el coro de los canónigos, aquella sillería dispuesta en forma de U detrás del antiguo altar. Algunas de sus partes fueron llevadas a distintas parroquias de Paraná Campaña.

“Había centenares de candelabros y lo vendieron todo”, recordó Olmos a ANÁLISIS.

La transformación no se limitó al altar. En uno de los laterales de la Catedral, por ejemplo, existía una enorme lámpara de inspiración gótica, formada por un gran arco, con ángeles y cadenas y que también desapareció.

Incluso algunas de las balaustradas que habían formado parte del antiguo altar fueron adquiridas por quien es conocido como Pelusa Fernández, responsable de la galería de arte y antigüedades “El Farol”. Algunas terminaron convertidas en bases de lámparas. El viejo patrimonio de la Catedral, en definitiva, se fue desparramando por la ciudad y por manos particulares, que adquirieron en remates y compraventas los históricos objetos.

Una parte de esa historia puede parecer hoy difícil de comprender. Pero en aquellos años la renovación litúrgica fue acompañada, en muchos templos, por una transformación de los espacios interiores que no siempre tuvo en cuenta el valor patrimonial de los objetos que se retiraban.

La Catedral es un edificio histórico de todos los entrerrianos y, en cierto modo, también de todos los argentinos. Quienes diariamente caminan frente a la Plaza 1° de Mayo contemplan un monumental edificio de inspiración renacentista italiana, con sus tres naves, sus vitrales, sus mármoles y sus ornamentos, que guarda entre sus muros parte de la memoria misma de la construcción de la Nación.

Por eso, cuando hoy se contempla la Catedral desde la plaza, sus torres de 46 metros y la cúpula que domina el paisaje urbano pueden ser entendidas como algo más que la expresión material de una fe. El edificio es también el resultado de una historia colectiva: dinero público, aportes privados, decisiones políticas, trabajo de obreros y la voluntad de varias generaciones de paranaenses.

El templo actual es el cuarto levantado en el mismo solar histórico. Su construcción comenzó formalmente el primer día de 1883, cuando acababa de asumir el gobierno de Entre Ríos el general Eduardo Racedo, una figura sobre la que habrá que detenerse.

 

(Más información en la edición gráfica de la revista ANALISIS, edición 1174, del día 17 de septiembre de 2026)

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