No son libertarios, dejemos de llamarlos así

Edición
1174

Hay que dejar de llamar “libertarios” a la especie política de extrema derecha que usurpa ese nombre. La corriente autodenominada en su origen libertarian (y castellanizada como “libertarios”) no tiene nada que ver con la denominación acuñada en el siglo XIX.

 

Por Américo Schvartzman

Todos los días streamings, diarios, canales y timelines llaman “libertarios” a figuras que sueñan con un mercado absolutamente libre, donde no existan Estados interventores, se pueda vender sin trabas armas, mentiras u órganos, y —si rascamos un poco— personas (niños en adopción, por ejemplo). Al mismo tiempo proponen limitar libertades esenciales a las personas o grupos sociales que esas figuras detestan ya sea por ideología, por prejuicios raciales, sexuales y/o religiosos. ¿Cómo llegaron a adueñarse de una palabra que, durante casi dos siglos, identificó a un pensamiento antagónico con ese tipo de ideas?

En esta nota se cuenta la historia de esta confusión nominal ya añeja, se relevan algunos de los pensadores que —desde hace décadas— sugieren otros rótulos en su reemplazo y se explica brevemente por qué no son “libertarios” sino lo contrario: peligrosos enemigos de las libertades individuales y de los derechos comunes.

Breve historia de la palabra

Hasta donde sabemos, el neologismo libertaire nació en 1857 de la pluma del poeta y militante anarquista francés Joseph Déjacque, exiliado en Nueva Orleans. Lo usó en una carta verdaderamente feroz contra Pierre-Joseph Proudhon (padre filosófico del anarquismo), a quien le reprochaba sus ideas cavernarias contra las mujeres: “No se considere anarquista o séalo hasta el final”, le decía allí. “Lloras contra los grandes barones del capital, y promueves una orgullosa baronía del hombre sobre la mujer”. Y, sobre todo, lo acusaba de ser “apenas un liberal y no un libertario”. Al año siguiente Déjacque fundó en Nueva York el periódico Le Libertaire: antiautoritario, anticapitalista, antiesclavista y feminista. En las antípodas perfectas de lo que hoy se vende bajo ese rótulo.

En el mundo anglosajón la palabra inglesa libertarian había aparecido antes: ya en 1789, en un libro del historiador William Belsham, un whig británico, sin ninguna conexión con el anarquismo francés (algo así como un liberal conservador, en términos actuales). Las dos ramas corrieron en paralelo unas décadas. Una, libertaire, asociada al socialismo libertario, la autogestión obrera y la Comuna de París, siguió su camino; la otra, libertarian, quedó olvidada en el diccionario inglés. Pero resucitó en Estados Unidos a mediados del siglo XX.

En 1947 Leonard Read, fundador de la Foundation for Economic Education, propuso la palabra libertarian para quienes creían en el mercado libre y la propiedad privada sin límites, distanciándose de un “liberalismo” que sonaba progre desde que lo usaban los demócratas del New Deal. En igual sentido, en 1955 el economista Dean Russell sugirió reservar la “honorable palabra libertarian” para los suyos. Pero fue Murray Rothbard quien en 1969 empezó a llamarse a sí mismo “anarcocapitalista” y terminó de moldear al libertarianism como hoy lo conocemos: Estado cero, mercado total, individualismo extremo. Rothbard llegó a sostener, en su Ética de la libertad (1982), que un padre no tiene obligación legal de alimentar a un hijo (con discapacidad o no), solo tiene la obligación de no asesinarlo directamente; con semejante vara “ética” ¿puede sorprender que el filósofo favorito de Javier Milei haya llegado a proponer la venta legal de bebés como ejercicio de libertad de mercado?

El raro itinerario de estos “anarcocapitalistas” terminó con Rothbard aliado con el paleoconservadurismo racista de Pat Buchanan y reivindicando al segregacionista David Duke como modelo político. El libertarianism de Rothbard escondía el deseo de una sociedad todavía más jerárquica y desigual.

 

(Más información en la edición gráfica de la revista ANALISIS, edición 1174, del día 17 de septiembre de 2026)

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